2024/11/23
La del cerro Las Tórtolas fue mi primera expedición con el DAV, mi primera expedición a un seismil, y mi primera salida con el DAV como organizador, todo a la vez. También fue una expedición organizada con muy poco margen y muchas dudas, que por momentos estuvo en el aire, más lejos que cerca de concretarse. Y pese a todo, terminó siendo una experiencia increíble.
En parte era eso lo que buscaba, aprender a organizar y liderar una pequeña expedición con cierta complejidad logística. Y de a poco fui aceptando las primeras consecuencias de mi decisión, en forma de innumerables llamadas, mensajes y correos a altas horas de la madrugada, con el consiguiente desgaste físico y emocional.
Pese a todo, el día 30 de octubre a las 5:30 horas salimos de Santiago en dirección a La Serena, para luego adentrarnos en el Valle de Elqui y remontar la carretera hasta el complejo fronterizo Juntas del Toro, donde tuvimos que registrarnos. Finalmente, justo antes del atardecer, logramos llegar e instalar nuestro campamento base cerca de la quebrada Escarchales, a 4.150 metros, en medio de un precioso paisaje de montañas y valles de colores rojizos. Fue una satisfacción enorme llegar a este lugar y poder mirar de frente a la montaña, ahora tan cerca.
Junto a Cristina y Humberto formamos un equipo compacto y ligero. El primer día de marcha comenzamos a caminar según lo previsto en el itinerario, y llegamos al refugio Gabriela Mistral con cierto adelanto, justo cuando desde el collado comenzaba a soplar un desagradable viento helado. Si bien la sencilla estructura metálica del refugio lograba detener el viento, el frío llegaba de igual manera hasta nuestros huesos. A las 19:00 horas, un rato antes del atardecer, el termómetro instalado en el interior del refugio marcó -2 °C.
Durante la noche, tuve tiempo de sobra para hacer memoria y tratar de recordar una noche peor que aquella, pero me fue imposible. También me fue imposible encontrar una posición medianamente cómoda dentro de mi saco, dejar de dar vueltas, tener pesadillas, y en definitiva, dormir. Estaba apunado.
Amanecimos -porque siempre amanece- con la extraña sensación de estar tirados dentro del congelador de casa. El termómetro marcaba -8 °C dentro del refugio y tener que salir al baño, sin ninguna protección contra el viento, fue tan desagradable como uno se lo pueda imaginar.
Y menos mal, porque de lo contrario no hubiera salido a caminar.
Todo fue bien hasta el “acarreo de la muerte”. Lamentablemente, Humberto se tuvo que dar la vuelta, y para el resto la aventura se convirtió en una agonía. 15 pasos, un descanso. 15 pasos, un descanso. Y así por más de dos horas, soportando temperaturas generosamente negativas, vientos de hasta 60 km/h y toda la intensidad de la puna.
Nos costó un mundo llegar al collado, y cuando a duras penas logramos alcanzarlo, el viento nos atizó con aún más rabia. Menos mal que pudimos encontrar una pequeña pirca donde resguardarnos, comer una barrita a medias, y tragar algo de hielo granizado de nuestras botellas congeladas.
Cristina, al igual que durante toda la subida, lideró con paso firme la marcha hasta llegar a la cumbre, donde para nuestra sorpresa no soplaba nada de viento. Incluso pudimos quitarnos los mitones y los guantes para tomar fotos y videos con total tranquilidad, y por supuesto, felicidad.
Después de todo el esfuerzo, estábamos en la cumbre. Nos habíamos recuperado de una noche horrible y habíamos caminado como gigantes con patas de hierro. Teníamos motivos para sentimos muy orgullosos y satisfechos por lo logrado, y con el derecho de disfrutar, por unos pocos minutos, de aquellas privilegiadas vistas.
La bajada fue ridículamente rápida en comparación a la subida, y en dos carreras de hora y media cada una llegamos al campamento base. Ahora sí, el objetivo estaba cumplido.
El Tórtolas fue durante un largo tiempo lugar de culto y adoración para los habitantes de la zona. Muestra de ello son los restos de las construcciones de piedra que aún se conservan en el sector, y los objetos y ofrendas que fueron retirados en el pasado. Es muy probable que ni siquiera sea ese su nombre original, pero sigue, mediante su imperante brío, ganándose el respeto y la admiración de todo aquel que lo visita.
En mi caso, sus laderas me invitaron a una pequeña pero poderosa reflexión, y me dejaron además un par de importantes lecciones. Me enseñaron que siempre hay que estar preparado para la aventura, porque con motivación, organización y determinación, todo se logra. Y que en la alta montaña, para llegar lejos hay que caminar despacio, y para poder dormir, hay que soñar despierto.
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