2023/01/06

Poco sabía del volcán Planchón hasta conocer a mis amigos Nacho y Javi de Curicó en la Carretera Austral. Durante esos hermosos días de ciclismo y risas por la Patagonia, se esforzaron con ganas en presentarme toda la zona cordillerana de Curicó, desde los Queñes hasta el paso Vergara, pasando por el complejo volcánico Planchón-Peteroa y el volcán Azufre.

Nos les faltaban motivos para insistir en la belleza del cajón del río Teno, un sector poco frecuentado por foráneos, y que alberga unos paisajes llenos de posibilidades para los amantes de la naturaleza y los deportes de aventura. Chile está lleno de rincones increíbles, no siempre tan conocidos, y en ese sentido la región del Maule siempre me ha parecido el gran desconocido.

La idea de intentar el Planchón, de 3.977 metros, surgió primero por un tema logístico; semanas antes había hablado con mis amigos del CMRAUC para aprovechar los cuatro días libres en el puente de diciembre. Ya que ellos viven en Concepción y yo en Santiago, pensamos que sería buena idea buscar un punto intermedio. Es ahí donde me acordé de mis amigos de Curicó y de todo lo que me habían contado.

Tras recogerme en el terminal de buses de Curicó, tomamos la carretera en dirección a los Queñes, donde nos registramos en el retén de Carabineros, como corresponde. Ya saliendo de este pequeño pueblo, el camino pasa a ser de ripio, y avanza valle arriba siempre a un costado del río Teno.

La ruta elegida para realizar el ascenso fue la normal por las lagunas de Teno. De este modo, tras dejar la camioneta en la caseta de regantes, avanzamos por una hora bordeando la laguna para establecer nuestro campamento justo antes de las primeras pendientes.

Desde allí pudimos identificar perfectamente la ruta hasta la cumbre, la cual se veía realmente entretenida.

Al día siguiente nos despertamos antes del amanecer, para partir con los primeros rayos de luz. No fue una noche especialmente fría pese a dormir a casi 3.000 msnm, lo cual nos dio algo de tranquilidad de cara a lo que podíamos esperarnos en la cumbre.

Desde el primer momento me sentí con fuerzas y avancé por delante de los chicos. Durante el ascenso, nos fuimos encontrando con otros grupos, y de este modo coincidí con Orlando y con Claudio, dos apasionados andinistas santiaguinos con los que compartiría el resto de la ruta de ascenso y descenso.

Resulta que Orlando había vivido por una temporada con su mujer en Donostia, por lo que pudimos hablar largo y tendido sobre su experiencia en el País Vasco. Además, tanto Claudio como Orlando cuentan con un curriculum de ascensiones y aventuras muy extenso, por lo que no faltaron las anécdotas y las risas.

En poco más de 4 horas y tras un largo acarreo estábamos en la cima, contemplando el inmenso e impresionante complejo volcánico Planchón-Peteroa.

En todo caso, esta cumbre tiene una peculiaridad, y es que desde donde se considera la cima aun se puede escalar un poco más, unos cinco metros en lo que sería un grado IV, para llegar a un filo. Al final de este filo, y tras pasar una parte bastante estrecha con caída para los dos lados, se llega a un pequeño torreón descompuesto, el cual si se puede considerar como el punto más alto de esta cumbre. Tras pensarlo un buen rato, y con el apoyo de Claudio y Orlando, pudimos llegar al torreón, donde por muy poco entrábamos los tres.

Las condiciones en la cumbre eran perfectas, nada de viento y temperatura muy agradable. En total pasamos más de una hora, a casi 4.000 metros, observando las impresionantes vistas del complejo volcánico y las principales cimas de la zona: Vn. Azufre, Vn. Descabezado, Cerro Azul, Vn. Longaví, Vn. Tinguiririca, Cerro El Brujo y Portillo…

El descenso me pareció bastante más complejo que el ascenso, debido a la mala calidad del acarreo y la gran cantidad de piedras sueltas. Esto, unido a la gran pendiente cerca de la cima, nos hizo pasar algún que otro susto, sin mayores consecuencias.

Ya en el campamento disfrutamos de un bonito atardecer compartiendo unos tés, para acostarnos después rendidos por el esfuerzo realizado. Al día siguiente, recogimos todas nuestras cosas con calma, para volver a la civilización y cerrar así otra bonita aventura en la cordillera.


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